
Bogotá Oscura
Donde Duerme la Ciudad
Por: Danna Manuela Murcia Ovalle
"¿Segura que esta entrevista no será publicada en redes? Recuerda que mi familia no sabe que yo vivo en las calles."
Me dijo Alfredo, un hombre de aproximadamente 40 años, moreno y fornido una noche como cualquier otra en el barrio Ciudad Montes al suroriente de Bogotá. Tenía la mirada vidriosa, como si estuviera recordando a su familia con nostalgia, pero también se podía sentir en el aire cierto miedo porque sus seres queridos se enteren que lleva más de 20 años viviendo en la misma cuadra que lo vio llegar a la ciudad. Yo crecí en ese barrio. Mi familia siempre vivió muy cerca de donde él ubica su casa todas las noches, pero si les soy sincera, nunca me imaginé la razón por la que terminó viviendo en la calle.
- Tranquilo -le respondí- ningún miembro de tu familia va a saber que tú me concediste la entrevista. Pero, si quieres, aprovechando que lo trajiste a colación, empecemos con eso: ¿por qué tu familia no sabe que vives en la calle? ¿Cómo terminaste aquí?
- Yo nací en Cali, cuando Cali era una ciudad caliente. Éramos una familia clase media, pero teníamos problemas. Mi papá era un bebedor y mi mamita era una señora muy noble. Nunca pudo defendernos. A mí me gustaba salirme a la calle y jugar con los
vecinos, todo muy normal. Pero cuando cumplí 17 años me contaron que en Bogotá había más oportunidades para progresar. Yo quería ser alguien en la vida y me vine escapado. Nunca volví a visitarlos.
- ¿Por qué no volviste?
- La cosa se complicó. Cuando llegué era un pelao de pueblo que no conocía la ciudad, ni siquiera había salido del Valle. Aquí en Bogotá empecé a trabajar y podía enviarle plata a mi mamita. No volví porque me metí con gente que no debía hasta que me echaron de la pensión en donde vivía con una noviecita que tuve porque nos agarramos. Mi mamá me buscó por mucho tiempo, pero a mí me daba pena decirle que ahora su hijo menor había tomado la decisión de vivir en la calle.
- ¿Recuerdas esa primera en la calle?
- Sí, señorita. Esa noche nos quedamos a dormir los dos en una esquina en Santa Isabel, aquí arribita. Después de varias noches tratando de conseguir donde vivir, y después de que la noviecita se me fue, me conseguí mis primeros cartones y unas cositas para
trancar el frío. La gente siempre se ha conmovido conmigo y recuerdo que una señora me regaló unos abrigos viejos de esos largos que me sirvieron como cobija. Después empecé a reciclar, aunque ya casi no lo hago.

No había terminado la frase cuando me quitó la mirada, se levantó de las banquitas en la que estaba sentado y se fue a buscar un palo con el que recoge el plástico que cubre su ‘casita’, como la llama con cariño. Seguimos platicando de la zona, de los vecinos y del frío que hacía esa noche. Alfredo enrolló el plástico y dejó ver su habitación. En ese momento y aunque yo la había visto de lejos varias veces antes, me impresionó lo organizada y limpia que estaba. Él, con una evidente satisfacción en el rostro me dijo, “ese cubrelecho lo compré hace poco en el centro. Me salió caro, pero valió la pena. La camita se ve bien bonita”. Desde el lugar en el que yo estaba parada, alcancé a ver su ropa organizada en un espacio muy parecido a un closet y justo me entró la duda de preguntarle como hacía para mantener todo limpio expuesto a la polución de la calle.

Yo siempre he sido muy limpio, no me gusta la mugre. En el lavadero de la esquina pago todos los días 2.000 pesos para que me dejen bañar y entrar al baño durante el día. Cuando reciclo, les pago 1.000 pesos más para que me dejen bañar en la noche. Por el tema de la ropa no me preocupo, a mí las vecinas me prestan sus lavadoras y yo solo compro el jabón y la cuelgo aquí enfrente en el parque.
- Con lo que me has contado, asumo que tu solo trabajas reciclando, ¿o me equivoco?
- Ya casi no reciclo, me da pereza. La mayoría del tiempo le hago los mandados al del lavadero, a veces le ayudo con los carros. También cuido los carros que me dejan recomendados. Pero si le soy honesto, yo vivo muy bien así con poquito. Con tal de poderle comprar la comida a Princesa, todo está bajo control.
Después de que Alfredo me enseñara su casa, fuimos a caminar un rato por la cuadra que tanto él como yo conocemos a la perfección. Es un barrio tranquilo, me trae buenos recuerdos. A mí casi nadie me conoce, debe ser por mi naturaleza callada y porque ubican mucho mejor a los otros miembros de mi familia. Sin embargo, en el caso de Alfredo, pasa todo lo contrario. Los niños le sonríen, las señoras le charlan y los muchachos del barrio ven en él un compañero para jugar futbol. Se nota que es una pieza fundamental de la vida de cada uno de ellos. Cuando ya se acercaba la hora en la que yo me tenía que despedir de Alfredo, y después de haberle contado que yo soy hincha de Millonarios a lo que me respondió ofendido: “no puedo creerlo, estos rolos no saben es nada. La mecha es lo más grande que ha parido este país”, haciendo referencia a su amor incondicional por el América de Cali, le hice la pregunta que tuve atravesada durante las casi 2 horas y media que estuvimos juntos.
- Alfredo, ¿crees que todo esto ha valido la pena? ¿nunca te arrepentiste?
- Nunca me he sentido mal por ser quien soy. Vivo tan libre como quiero y tan feliz como
siempre quise. De pronto me hace falta alguien a mi lado con quien hablar, pero
mientras llega, vivo feliz.
Manuela Murcia


