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Ojos que sí ven, Bogotá que no siente 

Por: Mariana Rivera

Miedo. 

 

Ese miedo desolador que te envuelve como un regalo navideño mal envuelto, que, en lugar de traer alegría, aprieta el listón más de lo debido, hasta dejarte sin aliento. Un miedo que deja un vacío en el pecho y una incertidumbre que te llena de ansiedad. 

 

Eso fue lo que sentí al descubrir lo que esta ciudad que me rodea puede ofrecerme… o mejor dicho, cómo puede sorprenderme con su oscuridad, desde la nada. 

 

Era domingo. Uno de esos de diciembre en que el aire huele a natilla recalentada y a familia. Mi prima pequeña tenía que volver a su casa, así que me alistaba para llevarla al aeropuerto. Todo estaba en calma. Nada distinto a cualquier otro domingo festivo. 

 

Hasta que sonó el teléfono. 

Era raro que mi abuela paterna, Georgina, llamara tan temprano. Más raro aún fue su voz: temblorosa, rota, como si alguien la sujetara por la garganta. Aún no sabíamos qué pasaba, pero supe —sin saber por qué— que era algo malo. Y que tenía que ver con mi papá. 

 

Me quedé quieta. El mundo también. Vi a mi mamá escuchar en silencio, apenas asintiendo con la cabeza, como si las palabras que le llegaban fueran demasiado densas para repetirlas en voz alta. No necesitó hacerlo. Su cara me lo dijo todo. 

 

Dicen que en Bogotá la gente camina sin mirar a nadie, que lleva la desconfianza metida en los bolsillos como si fuera parte del uniforme. No es frialdad. Es defensa. Aquí, hasta un gesto amable puede volverse arma. Eso lo aprendió mi papá una noche, y desde entonces, yo también lo supe. 

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Era el 21, a unos días de Navidad. Se estaba devolviendo a su casa de una comida familiar en la que habíamos estado todos. Esas cenas donde se habla de todo y de nada, con risas más altas que de costumbre porque la nostalgia también se sienta a comer en diciembre. 

 

Iba solo en el carro, de regreso a su casa y al llegar al semáforo de la calle 13, cerca de Unicentro, se detuvo. Frente a él, un malabarista se movía bajo la luz roja, intentando ganarse unas monedas con cada lanzamiento. Uno más, pensaría cualquiera. Pero mi papá no es cualquiera. Bajó la ventana y le tendió unas monedas. No por lástima. Lo hizo porque sabe lo que es no tener. Porque, aunque la vida le cambió, hay cosas que no se olvidan. 

 

Eso fue todo. O eso creyó él. 

 

Lo siguiente fue un apagón. No recuerda más. Despertó desnudo en su cama, con el cuerpo pesado, torpe, como si alguien le hubiera llenado las venas de plomo. Quiso pararse. No pudo. Se arrastró hasta los cajones. No encontró su reloj. Ni su billetera. Ni su computador. Ni los dólares que guardaba. Tampoco encontró la memoria de la noche anterior. 

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ajó tambaleando por las escaleras, pero terminó rodando por ellas. Y cuando logró levantarse otra vez, entró a la ducha como queriendo arrancarse de encima algo que no entendía. El agua no le devolvió la lucidez. El agua tampoco le limpió el miedo. 

 

Condujo hasta la casa de mi abuela. No sé cómo no chocó en el camino. Mientras que al carro no le pasó nada, a él le había pasado de todo. 

 

Durante la llamada me quedé al lado, inmóvil, con una incertidumbre tan densa que hasta mi corazón pareció detenerse, como si evitar cualquier sonido me permitiera escuchar algo, lo que fuera de lo que mi abuela le decía a mi mamá. No lo logré. Solo esperé, en silencio, hasta que colgó y la cara de mi mamá me lo dijo todo sin decirme nada. 

 

Sentí una rabia que consumía, me pregunté cómo puede haber tantas buenas personas rodeadas de un olor putrefacto que circuye a la capital de un país que, en vez de ser tricolor, se volvió triforme: oscuridad, incertidumbre y desconfianza. Tres tonos que no están en la bandera, pero que colorean cada rincón de la vida diaria. 

Mientras que mi primo —que vivía con mi abuela— llevaba a mi papá hacia la parte de urgencias de la Fundación Santa Fe, mi hermana y yo también fuimos para poder encontrarnos con él. Cuando llegamos a la clínica vi esos ojos azules que me criaron y me costó reconocerlo. Había algo en sus ojos que no había visto nunca. No era solo confusión. Estaba perdido, sus pensamientos no se ponían de acuerdo con su mirada y pedían a gritos lograr una mínima coordinación que dejara de hacerlo ver como una víctima de su nobleza. 

 

La enfermera lo acomodó en una camilla. Me dejaron entrar con él. Estaba despierto, pero no del todo. A medio camino entre el miedo y la confusión. Cuando me acerqué, me miró como si no me reconociera del todo, y apenas alcanzó a susurrar: 

 

—No entiendo qué pasó. 

 

Y fue justo ahí cuando entendí cuánto le habían quitado. 

 

—Esto pasa mucho en estas épocas —dijo el médico, ojeroso, cansado, como si ese tipo de historias ya no lo estremecieran. 

 

—¿Pero por qué? —pregunté, más a mí que a él. 

 

Él solo se encogió de hombros. No tenía una respuesta. Nadie la tiene. 

 

Le hicieron análisis. Tomografías. Revisaron las cámaras de seguridad del edificio. Lo vimos con nuestros propios ojos: un hombre y una mujer entrando detrás de él. Aprovechándose de alguien que ya no podía defenderse. 

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Mi papá había tendido la mano. Ellos tomaron mucho más que el codo. Se llevaron su dignidad, su paz, su seguridad. Y dejaron en su lugar una serie de preguntas imposibles: ¿Qué si se hubieran excedido con la dosis? ¿Qué si mi papá hubiera intentado defenderse? ¿Qué si, al manejar en ese estado, no hubiera sido un milagro que llegara entero? Ahí lo entendimos: gran parte de la oscuridad que envuelve a Bogotá no solo te obliga a ser desconfiado, frío, esquivo. También te enseña a agradecer por lo que no pasó. No porque seas positivo, sino porque aprendes que la línea entre la vida cotidiana y el desastre es tan fina que ni se siente al pisarla. Aquí uno termina agradeciendo el horror, si viene con descuento. 

 

No es solo que la ciudad te vuelva desconfiado, frío, reservado. Es que te entrena para vivir con miedo. Y a encontrar alivio no en lo bueno, sino en lo que pudo haber sido peor. 

 

Ese domingo aprendí que en Bogotá, la verdadera forma de consuelo es sobrevivir. Aunque sea a medias. Aunque ya no seas el mismo. 

Mariana Rivera

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Soy Mariana Rivera, estudiante de cuarto semestre de Derecho. Me apasiona mucho informarme de cosas nuevas. También me gusta mucho el azul.

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