
Bogotá Oscura
¿Quién piensa en nuestros muertos?: oficio y meditaciones de un embalsamador.
Por: Emilio Rodriguez
Morir, el día que nos llegue, es un hecho inescapable. Pero darle la cara todos los días
es el reto del tanatopractor (embalsamador); aquel noble oficio de darle un debido
proceso a los cuerpos de quienes fallecen cada día. Estas son las enseñanzas que les
deja su oficio
A Cristian Sierra, agradecimientos por sus conocimientos y su tiempo
A Cristian Sierra lo llevó su deseo por el conocimiento hasta las puertas de la muerte. No
a las de la propia sino a las de los demás, a las de todos nosotros, que debemos caer y rendir el alma un día. También lo llevó a las de las muertes que vamos acumulando con dolor en el camino cuando parten nuestros seres queridos. Un día recibió un abrazo del hijo de una mujer a la que recién le había realizado el proceso de embalsamamiento, y así supo que su labor debía ser la de darle una mano a los muertos. “Yo estaba al lado del familiar. Al ver que el cuerpo quedó bien arreglado me da un abrazo a mí y yo quedé como guau… Muchas gracias, yo no había visto a mi mamá así hace mucho tiempo, así de arreglada, me dijo. Entonces en ese momento yo dije: "tengo que seguirlo haciendo”. Y supo que también trabajaba para darle una mano a los que aún vivimos.
La muerte está siempre pero la tapamos con una sábana y pretendemos no verla. Nuestra
cultura suele ocultar y maldecir todo lo que se le relaciona. Comparto lo que afirma Cristian,

que el trabajo del tanatopractor (también conocido como embalsamador) es un trabajo olvidado. Por eso quise encontrarme con uno para escuchar la sabiduría de quien le da la cara a la muerte día tras día y poder contar sus enseñanzas. Cristian Sierra me recibió en una oficina del instituto de educación superior Alberto Merani, de ciencias criminalísticas, donde él es profesor. Con su amabilidad y tiempo me abrió las puertas a varios de los detalles que muchos prefieren dejar en secreto y esbozó el estado de la disciplina de la tanatopraxia en Colombia.

Le pregunto por las instituciones que dan títulos de tanatopraxia y por los estudiantes que
se matriculan y es sorprendente ver cómo incluso dentro de ésta academía la mayoría entra por ideas erróneas. Me dice que pocos se gradúan. Quizás de cien sólo salen diez. Entran a la tanatopraxia creyendo que se trata de necropsias, disecciones e investigaciones pero no, la definición es muy clara: deben aprender de anatomía, de legislación y de psicología pues “como tal la tanatopraxia y tanatoestética, que es la parte de peinar, del maquillaje, de la vestimenta, es acoplar esa marca de dolor en el fallecido para que la familia vea a su ser querido”. Tiene como objetivo tratar el cuerpo de quien muere para hacer del duelo de sus dolientes un poco más fácil. Pero entonces veo de frente la cantidad de dilemas culturales que se alzan al momento de hablar de tanatopraxia, y la charla con Cristian me hace ver las encrucijadas de la disciplina, pues detrás de todos sus fundamentos científicos y prácticos siempre la gente se aproxima la muerte y al duelo de maneras significativamente diferentes.
Me cuenta sobre las múltiples prácticas de los embalsamadores y su forma de encontrarse con el cuerpo. Quizás para un ateo, me dice, es un cuerpo más y ya. Algunos más espirituales prenden una vela o usan un escapulario. Los que creen en las energías usan piedras como cuarzos o tienen ciertos tatuajes. Me cuenta que otros tanatopractores, “antes de coger el cuerpo, manipularlo, le hacen una oración, le piden permiso. Le hablan al cuerpo, X persona, le pido permiso para hacer un procedimiento de tanatopraxia para que sus familiares lo vean en la sala de velación bien, para que vean que usted se fue a descansar, para que le genere paz a las personas acá en el terreno físico”. Tras de esto ya se disponen a lavar el cuerpo exactamente como se bañaría un vivo, luego a succionar la sangre de todos los órganos y a reemplazarla con formol y agua; limpian de nuevo la sangre, suturan las heridas y pasan a la parte estética: peinar, maquillar, vestir: la parte más importante.

“De hecho tanatopraxia y tanatoestética es para los vivos, prácticamente”, afirma Cristian. Él cree en la importancia de ver para creer y para sanar. Parte del duelo es ver al muerto y qué tan diferente sería verlo con sangre, heridas o malformaciones. Así, el trabajo práctico con el cuerpo cobra una dimensión enormemente simbólica. El tanatopractor es el agente principal para darle a la familia un encuentro con un cuerpo lleno de su personalidad pasada, de aquello que lo hacía un ser querido, la prioridad es darle al cuerpo lo que la familia necesita para verlo y enfrentar el duelo. “Por eso en tanatopraxia, con las familias y, uno mismo con otros compañeros, uno no habla de religión, no habla de política, no habla de cultura. Porque para mí es una cosa, para usted es otra… para el cuerpo es otra”.

Cristian me cuenta que, de hecho, evitar y sosegar el sufrimiento del duelo es justamente
la motivación de muchos para volverse tanatopractores. Personas que tuvieron una mala
experiencia al momento de la velación y dicen “yo no quiero que ese dolor que tuve al momento de ver se replique en más personas. Porque es un dolor fuerte, para cualquier persona es un dolor fuerte”. Otros que dicen “oiga, quién se pone en los zapatos del cuerpo sin vida… ya no habla, ya no se mueve… ¿Quién piensa en ellos? Y hacen una labor social muy bonita.” Y junto a esta empatía, en la disciplina se cultiva principalmente el respeto. Es un concepto que vuelve y vuelve a aparecer en mi charla con Cristian, porque para él es un pilar fundamental para proceder en un embalsamamiento. “Yo a mis estudiantes les digo acá el trato es muy respetuoso. Hagan de cuenta que es su mamá y su papá".
A pesar de todo esto, la sociedad carga un prejuicio profundo contra esta labor. Me cuenta que los asocian con malas energías, que dicen que no tienen sentimientos, que están llenos de maldad, que todos son carniceros. Críticas que se basan en el temor y en difundir miedo. Él responde a esto afirmando que es un trabajo que hay que hacer y hacerlo bien, y que la sociedad tiene que aprender a valorar a sus muertos. “¿Cuántos hijos o familiares han peinado a su familiar, bañado a su familiar, incluso estando vivo? Y de muerto tampoco, y lo tiene que hacer otra persona y no agradecen”.

Le pregunto para finalizar si le teme a la muerte. Me dice que no. Que le tiene respeto y que detesta la idea de irse y dejarle dolor a sus familiares. Entonces le pregunto a él, un hombre que ve y enseña la muerte, ¿qué es la vida? Me contesta con una frase que le dijo un compañero suyo: “Es un hecho altamente improbable que, una vez aconteciendo, se convirtió en una oportunidad preciosa de experimentar el amor, la comprensión y el conocimiento”. Se nota a leguas que los muertos le han enseñado sobre la pasión de vivir y de conocer, que lo han hecho más sensible con la vida pues me habla de la compasión que hace falta en latinoamérica, de los frutos que da trabajar con respeto y excelencia, justo como debe hacerlo un tanatopractor, y me hace saber que “todos somos iguales en una morgue. Vamos a estar igual, con agua, con jabón, con líquidos y terminamos en el mismo lugar”, y sé que lo dice por experiencia.
Emilio Rodriguez

Soy Emilio Rodríguez Blackburn, estudiante de literatura y entusiasta de mucho: periodismo, música, fotografía, pintura. Hincha de Santa Fe y del Liverpool