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​El pequeño paraíso: La vida de Camila, la artista de talla baja 

Por: Antonia Elijaiek

Eran las nueve de la mañana en la nublada y fría Bogotá, y estaba caminando por la Universidad de Los Andes buscándola por todas partes. La verdad es que no la conocía; para lograr hablar con esta persona tuve que ponerme en contacto directamente con su empresa y pagar por una hora de su tiempo. La única información que tenía, y que me exigieron que especificara, fue el género del artista, a lo que respondí que no tenía preferencia alguna. Ahí, al frente del edificio Aulas, la encontré enredada entre la maleza de gente que se movían como olas hambrientas durante el cambio de clase. No fue difícil distinguirla entre tantos estudiantes… Su cuerpecito era minúsculo comparado al de todos los demás y al de la otra mujer que la acompañaba. Me acerqué a ellas, y me presenté. Camila me saludó con el mismo entusiasmo con el que hacía todos sus shows… Estaba maquillada con sombras azules y rosadas, tenía una gema entre las cejas y los labios fucsias. No medía más de 1.20, su ropa denotaba un sentido de la moda agudo. Tenía la mejor actitud del mundo, increíble bajo el clima bogotano. Nissi, su acompañante, estaba ahí para acompañarla y protegerla, como lo hacía cada vez que Camila era contratada para animar fiestas por toda la ciudad.  

Mi interés por hablar con alguien como Camila nació en la celebración del cumpleaños 18 de Jacobo, un amigo del colegio. Recuerdo vívidamente estar en un salón comunal con mis amigas bailando, cuando Jacobo anunció que había llegado el invitado especial. No lo sabía aún, pero lo que vi con mis ojos esa noche fue algo que marcó mi alma y que vivió al fondo de mi cabeza por más de dos años, hasta que por fin pude sentarme a conversar con Camila. Una persona de talla baja fue contratada para animar el show. Jacobo le había pedido a la empresa que el artista viniera disfrazado de pitufo, y así llegó. Al comienzo, mis amigas y yo, ajenas a este tipo de contrataciones, estábamos confundidas con todo el alboroto que se provocó, no más llegó este personaje a la fiesta. Los hombres estaban enloquecidos con el espectáculo. Algunos gritaban “¡llegó el enano!”, se reían con furor y sacaron sus celulares para grabar y tomar fotos. Se sentía como una jauría incontrolable. El artista bailaba e iba por todas partes ambientando la fiesta, llegando a ser alzado por Jacobo e ir de brazo en brazo como si de una pelota de fútbol se tratara. Me sentía cada vez más arrinconada, el ambiente era tan denso que me sofocaba. El alboroto me rodeaba, y no me cabía en la mente por qué se divertían tanto a costa de la dignidad de alguien. Mi confusión solo empeoró al ver a los papás de Jacobo con sus afiladas sonrisas de oreja a oreja, insistiendo que Jacobo y sus amigos se tomarán treinta mil fotos más con “el pitufo”, con la excusa de mandarlas al grupo de WhatsApp familiar. Ya al borde de toda esa sobre estimulación, decidí con mis amigas salir del salón comunal. No pasó mucho tiempo cuando los hombres se aburrieron y salieron a fumar también. El artista se quedó adentro esperando a que alguien entrara para poder seguir trabajando. La última cosa que recuerdo fue haberle preguntado al artista si estaba bien.  

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Esa noche creció dentro de mí un extraño sentimiento de shock y de decepción. No tenía idea alguna de que este tipo de situaciones se dieran, y me lleve una sorpresa amarga al preguntarle a Jacobo de dónde había sacado la idea de contratar este show, a lo que me respondió que era super común, y que “era un lujo que se dio para su cumpleaños”. Eso me dejó una intriga que solo pude resolver teniendo el testimonio de Camila. Quería saber otra versión… Quería saber como se sentía esa experiencia desde otros zapatos.  

 

Ya sentadas en el parque Germania, tuve la oportunidad de sacarme de muchas dudas. Camila Mora es una mujer de 28 años, increíblemente amable y risueña. Es la única de su familia que nació con acondroplasia, una condición genética que impide el crecimiento debido de los huesos largos, causando una baja estatura. Nos sentamos en un banquito cerca al eje ambiental, y noté como varios estudiantes miraban la interacción con curiosidad. Las piernas de Camila no alcanzaban a tocar el piso, pero su presencia abarcaba toda la atención en el parque. Su rostro, adornado de una sonrisa que duró por toda nuestra conversación, era jovial y mostraba pertenecer a una mujer muy fuerte. Noté que en algunas partes de nuestro encuentro se le aguaron los ojos, siempre con esa sonrisa característica de su persona. Con Camila y Nissi a ambos lados, saque mi celular para grabar su testimonio.  

Cami tuvo una infancia muy dura, marcada por el matoneo y la indiferencia. Se cambió dos veces de colegio al no aguantar tanto irrespeto por parte de sus compañeros, pero en su segundo colegio la situación no cambió. La artista me relata esto un poco penosa, mientras jugaba con sus manos. Me contó muy entusiasmada que estudió diseño en el Sena y que confeccionar y diseñar ropa siempre fue un gran sueño que tuvo desde la infancia. Me mostró que ella misma hizo la chaqueta que tenía puesta, usando unas máquinas que habían sido adaptadas para que pudiera usarlas sin problema alguno. Alcanzó a trabajar en una tienda de ropa, pero no duró mucho puesto a que no podía usar la maquinaria con tanta facilidad. Fue así como, con el contacto de algunos amigos, conoció a Yadira, la dueña de la empresa Eventos Jr, esa misma que prestó los servicios en la fiesta de Jacobo. Trabaja hace un año con ellos, y me confesó que le encantaba animar fiestas. Se reía a carcajadas contándome que antes de su trabajo no se había adentrado al mundo nocturno de la ciudad, pero que descubrió que la rumba le gustaba y que animar una fiesta no era un trabajo tan fácil, pero que se sentía a gusto siendo el centro de atención. Mientras tanto, Nissi me mostraba fotos de Camila. Había una en donde salía disfrazada de panda, otra en donde estaba disfrazada de policía y otras en donde estaba con su traje de duende, su preferido. El tema de los disfraces era la parte favorita de Camila porque esos vestidos la hacían sentir linda y a la moda.  

 

Dentro de las cosas positivas de su trabajo descubrí que la mayor motivación que tenía era el tiempo. Podía pasar entre semana haciéndose cargo de su hija Silvana, puesto a que era madre soltera. Al preguntarle sobre esta historia me confesó que ella creía estar en una relación formal con el padre de su hija, pero que cuando este se enteró del embarazo cambió de número y desapareció de la faz de la tierra. “Así es la vida” me dijo pensativa. Me mostró fotos de su hija, una niña super tierna de seis años que no heredó la condición de su mamá, y que en ese momento era más alta que ella.  

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Era obvio que a veces había tratos injustos en su trabajo. A veces los clientes eran groseros, y le decían cosas ofensivas. A veces la cargaban sin su consentimiento. Muchas veces le preguntaban que cuánto cobraba por otro tipo de prestaciones, unas mucho más íntimas, cosa que le ofendía demasiado. Para eso estaba Nissi y otras personas que cuidaban a los nueve artistas de la empresa. Así pasaba los fines de semana, yendo hasta a tres eventos por noche y cambiándose el disfraz en el carro que los llevaba hasta las fiestas. A las tres de la mañana lograba irse hasta su barrio “Paraíso” en unas montañas lejanas de la ciudad, y llegaba a su casa para poder descansar de su jornada. Abrazaba a Silvana para conciliar el sueño… Y ahí dormida en su propio paraíso, mostraba estar satisfecha con la vida que conoce y por el amor que la rodea y la saca adelante.  

 

Acabando la conversación, Camila me hizo entender que su deseo más grande era que la vieran con normalidad. Implorándome con sus ojos, me pidió que la describiera como una persona como cualquier otra. Que le diera voz a esta historia quitándole el papel de víctima que muchos asumen que vivía, y que la retratara exactamente como ella era: una mujer que vive más allá de su condición, con sueños, con responsabilidades y que logra salir adelante como puede… Por ella misma y por su hija.  

Antonia Elijaiek

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Soy Antonia Eljaiek Galán, estudiante de cuarto semestre de Ciencia Política. Me apasiona jugar ajedrez y aprender de todo un poco.

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